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La hoguera de las vanidades


Nada, absolutamente nada le trajeron los Reyes Magos a los rayistas. Bueno sí, un disgusto de tomo y lomo de los que hace mucho que no se recordaban en lo alto de la Albufera.

El escarnio defensivo de los de Jémez no sólo rozó la tragedia sino que la superó hasta dejarla en límites no recordables en la memoria del aficionado. Hubo de todo, desde casi diez minutos de ilusión y desenfreno ante lo que parecía un cambio de tendencia, hasta lo de siempre, goles y más goles en contra que dejan al equipo a tres puntos de la salvación. No son ni diez ni veinte, pero la sensación es aún peor que los números: huérfanos de identidad y con un prolongado encefalograma plano.

¿Soluciones? Déjenme que antes tire un poquito de historia. Corría un 11 de diciembre de 1983, sí, simplemente una fecha en un calendario. El Rayo de Ruiz Cervilla recibía en Vallecas a Las Palmas de Héctor Núñez en una fría mañana de invierno.

Sobre el césped los Pepín, Pariente, Mate, Morón y Damiano de la época. Resultado 1-3 y un Rayo Vallecano que no sólo no levantaba cabeza tras la destitución de Máximo Hernández en la jornada 8, sino que caía a la última posición de la tabla…la que ya no abandonaría hasta el 27 de mayo de 1984 con su descenso a la 2ª división B.

Esa temporada fue un infierno pero significó un antes y un después para el rayismo. No se puede comparar nunca con el paso de 4 temporadas por el infierno de los Orue, Míchel y Mel, porque se ascendió a la siguiente temporada, pero lo cierto es que hubo que esperar hasta junio del 89 para el ansiado segundo ascenso a Primera de la historia del club con el Rayo de Felines.

Valga este breve recuerdo para pararse a pensar en de dónde se viene, dónde se quiere ir y lo más importante, quiénes somos. Ayer Vallecas perdió esa brújula, entró en su hoguera de las vanidades y se mofó de jugadores, abandonó la grada y vio como jovencitos que visten la franja se “peleaban” por su average particular cuando llegue el verano.

¿Algo más? Toca remar con los que se queden en el barco, 4.000 pues 4.000, con el abono entre los dientes y dispuestos a seguir tocando hasta que se hunda el barco.

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