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La mejor cara del Rayo Vallecano

Victoria del Rayo a los puntos contra el Alavés, pero que deja bien claro que este equipo ha subido a 2ª división a algo más que a permanecer en ella. Lástima dan las gradas desangeladas de Vallecas, con poco más de media entrada. Será la hora, será el fútbol televisado o para los más retorcidos, la mala disposición del club en la captación de nuevos abonados. Da la impresión de que somos los mismos de siempre y unos pocos más. Ellos se lo pierden, porque este Rayo, por fin en el fútbol profesional, destila buen juego por todos los sitios, y hoy lo volvió a demostrar.

Cuando los fantasmas de Alicante volvían a nublar las ideas de los de Mel, y el rayista se acordaba de lo que no es matar un partido hecho a medida, apareció la pierna del francés Diamé, sí, esa que lleva cuatro partidos apareciendo por todos los sitios, robando balones, metiendo pases largos y dejando a un jugón como Rubén Reyes en la grada viéndolas venir.

Seamos sinceros, no sabemos ni de dónde ha salido, si jugó mucho o poco en el Linares, o si es el Ramadán el que le tiene enchufado al fútbol de quilates. De lo que sí estamos seguros es que hoy ha dado tres puntos al rayo. Lo ha metido, se ha parado sin salir del área y ha mirado al cielo buscando ese guiño de su padre que murió de cáncer hace ya unos años. Enorme.

Más de 1.500 días han tenido que pasar desde que el Rayo abandonó la 2ª división para verle tan arriba, y es un equipo que mientras que no se meta a hacer malabares le va a ir muy bien en la Liga. Vale con que cada uno haga más o menos lo que sabe, sin más. Cuando Diamé hace de Diamé todo va de perlas. El problema es si todos quieren ser Míchel y éste, asustado por la responsabilidad, los deja que suplanten su ego. Entonces el Rayo se vulgariza, se vuelve torpón y deja pasar los minutos haciendo que su rival coja confianza, hasta que le empatan. Ahí le vienen los problemas a los de la Albufera.

Si Aganzo recibe de espaldas, perfecto, para eso ha venido. Está para sesenta minutos, pero desespera a los centrales y encima tiene pinta de meter muchos goles. Otra historia es cuando Piti se pone a hacer de Diego Torres, los centrales hacen de Van Basten saliendo con el balón pegado al pie hasta pasada la medular, y los laterales se doblan unos a otros como pollos sin cabeza. Aquí el Rayo se transforma.

Estaba el partido atascado, cargado de físico hasta los límites, espeso y torpe en su desarrollo, hasta que llegó Míchel, el de siempre. Se echó el equipo a la espalda, miró a los ojos de Astudillo, únicos supervivientes de ese Rayo – Alavés europeo del año 2001, y dijo basta. Templó, bajó la mano, se llevó el equipo a los medios, poniendo a cada uno en su sitio: los centrales de aquí no pasan, los laterales a subir y bajar con apoyos por detrás, y tú (Diamé) y yo a pasar balones al de siempre, es decir, a David Aganzo.

A todo esto Piti enganchaba todo lo que le venía (mala suerte la de este jugador, porque el día que meta un gol lo va a ver el mundo entero), Mel sacó a Perera, desaparecido y fuera de forma, y Collantes dejaba su regusto a buen jugador cuando él quiere (lo va a tener muy complicado con Jofre este año, por que el ex del Murcia ha dado varios pases de maestro).

Atrás y tras varias broncas del que manda desde la banda, Tena y Amaya despejaban todo lo que pasaba por sus posesiones, Llorens celebraba los tres puntos como si hubiera ganado la champion y Yuma aprovechaba los pocos minutos con los que parece que va a contar para desmontar cualquier idea de un ya difuso Alavés.

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