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Rayista en San Fermín

Apurando sorbos al primer café cargado de la mañana, y esperando a que alguien “nos guíe en el encierro dándonos su bendición”, contemplo a los morlacos detrás de las caras de siempre: el calvo con bigote, el australiano semiborracho y el gordito venido a más a base de carajillos. Son 3, 4 minutos escasos de sálvese quien pueda, de varazos de los pastores a todo aquel que pase por detrás del toro, de carreras periódico en mano, pañuelo al cuello y pantalón blanco.

Entre la muchedumbre de hoy y atragantado por la última galleta maría, aparece en plena vorágine un chaval con camiseta negra, franja roja cruzando el corazón y el 22 a la espalda. Corre por la calle Estafeta de forma limpia, zancada firme y alta, midiendo las distancias y sabiendo que su equipo está en 2ª división, por fin. El plano cambia rápido, demasiado como para ver si pone Pablo Sanz u otro.

Uno, que en estos tiempos veraniegos/playeros, entra en el Herald asustado por las renovaciones automáticas, teme por su integridad, por las montoneras a la puerta de la plaza, incluso por perder un socio entre “Cebadas Gago o Victorinos”, porque más cornadas ha dado el San Isidro o el Santa Brígida en esto 4 años de encierro en 2ª B, cuando la protección de San Fermín no llegaba por más que se le rezaba.

Cuatro repite las mejores carreras o como se llame, los planos a cámara lenta, las miradas de miedo entre portales y los balcones atiborrados de guiris asustados. Mi último sorbo es para ese rayista anónimo al que volveré a buscar mañana a las 8 en punto entre Mercaderes y Estafeta. Me voy a mi encierro diario con la M30.

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