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Los Reyes Magos hicieron desaparecer a toda una grada

Los Reyes Magos aterrizaron en Butarque media hora antes del comienzo del partido entre Leganés y Rayo Vallecano. Recién bajados del helicóptero, sus majestades y los pajes repartieron regalos y alegría en un fondo repleto jóvenes a la espera de balones y caramelos.

Un cuarto de hora más tarde, Melchor, Gaspar y Baltasar tuvieron que seguir su camino para poder atender a todos los niños en una noche de intenso trabajo. De manera prácticamente inmediata y con el partido de fútbol a punto de comenzar, toda la gente que llenaba el fondo desapareció como si de un truco del mismísimo David Copperfield se tratase.

Me gusta el fútbol

Algo falla si de toda una grada repleta de chavales -y de no tan chavales, porque algunos de los que pedían regalos ya peinaban canas- practicamente nadie se queda a presenciar el partido. Otra cosa sería ir adrede y pagar la entrada, o incluso marcharse antes de que acabara porque tampoco había mucho que ver. Pero, una vez allí y con un balón para el chaval entre las manos, con los jugadores de su equipo ya sobre el terreno de juego, ¿por qué no quedarse?

La respuesta me la han dado todos aquellos a los que les he comentado el tema durante esta semana: porque no les gusta el fútbol, y punto. Lo que gusta de manera mayoritaria es el fútbol-tomate, que si pepito ha perdido el avión y ha gastado cincuenta «camisinhas» en una fiesta en Brasil, que si el tito Floren compra dos o tres torres o que si Ronaldo esta un poco gordo, semigordo o gordo entero.

Lejos queda disfrutar del fútbol y enseñar a los más jóvenes los beneficios del deporte y de apoyar a su equipo por modesto que sea. Eso que muchas familias inglesas hacen con naturalidad cada semana, vestidos de arriba a abajo con la indumentaria de su equipo, parece impensable en el simulacro de panorama futbolístico español. Aquí tenemos otras cosas, como una Copa del Rey con 16 equipos de primera en Octavos de Final o como sanciones que se cumplen 3 meses más tarde porque el comité está bailando la conga.

En fin, poco más podemos pedir después del doble milagro de los Reyes Magos, haciendo desaparecer a toda una grada y evitando que las arenas movedizas de Butarque se tragasen el helicóptero en el que aterrizaron. Como mucho que le regalen unos tapones al pobre chaval de unos 6 años cuyo padre, «aficionado» del Leganés y con un curso avanzado en insultos desagradables, no paro de martillear los tímpanos lanzando improperios al juez de línea desde la grada. Pedir un cerebro nuevo para semejante personaje sería desperdiciar un milagro, y sus majestades ya tienen una larga lista, empezando por arreglar el «fúrbol».

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