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El Caballero Rayista: La emboscada



Cobarde emboscada la que le tenía preparada ayer el destino y alguien más a los defensores de Vallecas, repitiendo una vez más la bochornosa historia de robar al que menos tiene para dárselo al que menos lo merece. ¿Es acaso posible tener ojos para mirar, y por supuesto no ver, el derribo del habilidoso Chupe y, con los mismos ojos en el mismo duro rostro, ver por el cogote los movimientos de Don Javier Muñoz? Me extraña mucho que usted Señor Delgado lo viera y omitiese a la vez a un jugador españolista delante de sus mismas narices.

Con la toledana en la diestra y la vizcaina en la siniestra esperaría gustoso una respuesta a mis preguntas, mas esas no son formas ni modos, ni quizás lo merezca una ultrajada competición que aún lleva nombre de un Rey y a la que sólo falta rebauticen como el trofeo Doña Leticia para dar cumplida muerte.

Pero si me lo permiten y con los ojos aún inyectados en sangre me gustaría rascar un poco más profundo en nuestra desgracia, pues aunque marché a casa con cara de idiota y un palmo de acero en el hígado no todo fue negativo, en especial ese joven guerrero Yuma, al que cuanto más cortan la melena más fuerza parecen darle. Y no quedó corto el pequeño Enguix, por el que para ser sincero no habría dado un chorrito de orina hace cuatro días, pero ante el que reconozco mi error y al que ofrezco mis respetos tras verle ganar la partida por alto, no una sino varias veces, al poderoso Fredson.

Y aunque mi costumbre se acerca más a regalar mandobles y estocadas que a las flores y los halagos, debo confesar mi debilidad por ese al que llaman Diegol. Voto a Dios y al Demonio que este tipo es de lo mejor que mis ojos han visto últimamente, mas la lengua me muerdo y me hago daño por evitarle la comparación al sustituto; será en la siguiente Don Mariano Andrés.

Me despido contrariado, no sé si feliz o triste. Ayer ví a mi rayito jugar donde se merece y me invadió tanta alegría como tristeza cada noche cuando pienso, en mi doloroso descanso de soldado jubilado, cómo pudimos caer en este profundo y maloliente pozo. A los chupetes me encomiendo, pues si hablo de molinas me enciendo. Más calientes se han de tener las piernas de correr que el morro de insultar, y no me refiero al final del partido sino a toda la primera mitad, cuando por un miserable fuera de banda llamó más de cien veces hideputa al juez de línea con alto riesgo de ser expulsado. Bocas sobran en la grada para acordarse de la santa madre de quien haga falta, pero goles no nos sobran y usted Señor Molina, a día de hoy, no los marca.

Que el Lugo pague los platos rotos y, si puede ser, las botellas de vino, pero por si acaso no vienen empezaré ahora mismo a despachar en soledad las de San Martín de Valdeiglesias.

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