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El Pontevedra deja escapar dos puntos

Refrito de diariodepontevedra.com

El Rayo Vallecano-Pontevedra de ayer parecía un capítulo de Songoku. Los locales empezaban el combate sufriendo las peores humillaciones y recibiendo golpes mortales y, a base de superación, de fe y de trabajo salían adelante ante un coloso granate que demostraba tener los pies de barro.

El Pontevedra ejerció de malo, de Goliath, de titán con talón de Aquiles. En un minuto marcaba (la primera en la frente, pensaron todos) y en quince tenía ya la ventaja numérica merced a una expulsión. A Rodri se le fue la cabeza y le dio un golpe delante del árbitro a Yuri. Roja, a la calle, partido perdido.

Los aficionados granates se relamían, echaban cuentas en la tabla y veían naufragar a un rival directo más que peligroso. Pero ayer el Rayo estaba imbuhido de épica, inspirado por los dos Míchel que tiene, el de la banda y el del campo. ¡Vaya pareja de Primera División!

El Pontevedra estuvo sufriendo hasta la media hora los ataques por la banda derecha de un Abiol crecido gracias al buen alimento que le daba Míchel en forma de pases en profundidad. La visión de uno y la rapidez del otro hicieron trizas a un Fran González gris y a un Azparren mal colocado. Las aladas manos de Bonis y los postes eran los que salvaban el día.

Llegó la reacción granate a la media hora. Los de Argibay se reconocieron a sí mismos como el gran equipo que son. Justo cuando el Pontevedra se mostraba ya un equipo asentado y que controlaba el juego, llegó el mazazo del empate. El gol de Ricardo Cavas, en el minuto cuarenta y dos, viene precedido del centro perfecto de Míchel y de la anticipación al primer palo del rayista. Esta fue la flecha en el talón del héroe y la piedra en la frente del gigante. El daño moral fue irreparable.
Llegó el descanso.

Salió el grupo de jugadores granates del vestuario convencido de que no podía, pero como su entrenador echó seguro una arenga de esas que levantan a los muertos pues lo intentaron. No es lo mismo cuando se juega sin fe y con miedo. El Pontevedra creó poco fútbol, acuciado por las prisas, por las seguridades inseguras de esos que se quieren deshacer del balón sin querer jugarlo para no cometer un error. Pasaron los primeros minutos después del descanso y los ecos de los gritos de Argibay dejaron de resonar en los oídos y corazones de los granates. Entonces apareció de nuevo el Rayo. Los de Míchel, los de los dos Míchel, se cubrieron con pericia ante los ataques del cíclope cegado y cuando este perdió fuelle, y se quedó dormido, salió de la gruta para hacer daño.

Míchel, el de la banda, hizo dos cambios osados, sacó a dos puntas y los puso a buscar la victoria. El míster madrileño es fecundo en ardides, o como los mortales solemos decir: es listo. El equipo de Argibay estaba en franca retirada. Después, en la rueda de prensa, el entrenador de Pontevedra admitía que su punta de ataque estuvo en la segunda parte demasiado cansada como para resultar una amenaza.
Pues lo dicho, con diez, era el Rayo el que ponía cerco a la puerta de un Pontevedra que se había dejado remontar en el marcador, en lo físico y en lo emocional.

Los granates estaban faltos de ideas, no había control del juego y sólo funcionaba la defensa, acosada por un Rayo que hacía honor a su nombre en las contras y que cuando tenía el balón no lo perdía nunca. Esa fue la clave, el balón duraba en las botas de los granates dos pases y en las de los de casa, dos mil. El Pontevedra estuvo persiguiendo fantasmas y luego, cuando vio que no los podía coger, le entró miedo.

De todas formas el resultado no es malo, a priori un empate en campo de un Rayo Vallecano que amenaza con asaltar la cabeza de la tabla no es mal botín. El problema es que ayer se vio a un enemigo batido en un cuarto de hora y que luego demostró que quedaba mucho por decir. Lo reanimaron.

El Pontevedra está echo de carne y hueso, si se le pincha, le duele y si se le hiere, sangra. Ayer el Rayo demostró que no solo de intensidad vive el fútbol, está el criterio y la calidad. De eso supieron mucho. Hubo falta de ideas en ataque porque el Rayo no cometió errores. Esa fue otra clave, quizás la misma, los granates no cogieron por sorpresa nunca a un equipo que estaba con un hombre menos.

Muchos pueden pensar que se perdieron dos puntos, y sin embargo, con el corazón en la mano, también se salvó uno.

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